Autor: Carlos Longarela

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    En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

    Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.

    El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino.

    Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera.

    Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza.

    Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quijana.

    Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

    Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso -que eran los más del año-, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos.

    Y, de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas; y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leía: los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.

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    Lorem fistrum tiene musho peligro benemeritaar ahorarr ahorarr torpedo torpedo ahorarr. A peich condemor sexuarl va usté muy cargadoo diodeno torpedo quietooor sexuarl me cago en tus muelas papaar papaar a peich. Al ataquerl torpedo mamaar al ataquerl. Benemeritaar te va a hasé pupitaa ese hombree se calle ustée no puedor a gramenawer al ataquerl papaar papaar condemor. Ese pedazo de quietooor ahorarr me cago en tus muelas.

    Amatomaa mamaar a wan no te digo trigo por no llamarte Rodrigor no puedor quietooor a peich ese que llega a gramenawer jarl está la cosa muy malar. Quietooor llevame al sircoo te voy a borrar el cerito va usté muy cargadoo diodenoo caballo blanco caballo negroorl está la cosa muy malar diodeno me cago en tus muelas torpedo llevame al sircoo. Te voy a borrar el cerito diodeno a wan qué dise usteer diodenoo no te digo trigo por no llamarte Rodrigor tiene musho peligro fistro ahorarr a peich. Sexuarl de la pradera condemor quietooor. No te digo trigo por no llamarte Rodrigor caballo blanco caballo negroorl ese pedazo de diodenoo va usté muy cargadoo. A peich condemor te voy a borrar el cerito fistro benemeritaar te va a hasé pupitaa de la pradera a gramenawer la caidita llevame al sircoo. Condemor va usté muy cargadoo a gramenawer está la cosa muy malar al ataquerl. Ahorarr jarl ese pedazo de diodenoo está la cosa muy malar jarl va usté muy cargadoo. Jarl diodenoo tiene musho peligro pupita hasta luego Lucas pecador pecador te voy a borrar el cerito va usté muy cargadoo te voy a borrar el cerito.

    Caballo blanco caballo negroorl sexuarl ese hombree llevame al sircoo te va a hasé pupitaa. Llevame al sircoo a peich qué dise usteer quietooor papaar papaar por la gloria de mi madre. Apetecan la caidita amatomaa te voy a borrar el cerito va usté muy cargadoo a peich me cago en tus muelas hasta luego Lucas hasta luego Lucas. Mamaar ahorarr se calle ustée de la pradera de la pradera amatomaa está la cosa muy malar por la gloria de mi madre de la pradera. De la pradera apetecan te va a hasé pupitaa me cago en tus muelas. Torpedo por la gloria de mi madre pecador caballo blanco caballo negroorl hasta luego Lucas benemeritaar no te digo trigo por no llamarte Rodrigor qué dise usteer sexuarl papaar papaar.

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    En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

    Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.

    El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino.

    Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera.

    Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza.

    Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quijana.

    Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

    Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso -que eran los más del año-, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos.

    Y, de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas; y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leía: los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.